Barrio del Carmen, Valencia: mil años de historias

Barrio del Carmen, Valencia: mil años de historias

Por: Rosario Raro

Sus límites se desbordan hacia La Seu, Velluters, El Mercat y San Francesc, las otras cuatro circunscripciones que conforman la geografía más antigua de la ciudad de Valencia, el distrito de Ciutat Vella.

Abrir los batientes de un balcón en la calle del Portal de la Valldigna equivale a levantar la tapa del libro del barrio del Carmen. En las primeras líneas aparece la descripción que ya se ha convertido en una especie de canon o salmodia: el barrio fue jardín, arrabal, refugio musulmán, incluso mancebía –el burdel más grande de Europa–, exclaman algunos viandantes, sin atisbo de escándalo, sólo fascinados por la recreación de este parque monotemático, la ciudadela que favorecía cualquier comercio con su ininterrumpido trasiego. Ahora, este barrio laberíntico es simultáneamente todo aquello que fue a lo largo de 10 siglos.

Nuestros pasos se convierten en una coreografía circular. El primer abrazo es la muralla musulmana del siglo XI a la que enmarcó la segunda onda concéntrica y pétrea de la empalizada cristiana en el siglo XIV. Frente a la más reciente, el brazo difluente –otra forma de llamar al meandro del río Turia– era su foso natural. Enclave de conventos y penitencias con las que contrarrestar las otras cuadrículas de su cartografía, la orden del Carmen Calzado le dio su nombre cuando ocupó un edificio en la plaza germinal del barrio, también en el siglo XIV.

Para recorrerlo, la mejor táctica es atender al murmullo de la intuición, despertarla con la glotonería de un desayuno en Santa Catalina, fundada en 1909, donde sirven fresquísima la horchata, el líquido milagroso que, según escribió el doctor Pío Font a mediados del XIX en su tratado Flora española, tenía, entre otras muchas, las virtudes de ser desecante, fortificar las entrañas, aliviar cólicos, curar los vértigos y los aturdimientos de cabeza. Nada menos.

Los rótulos de estas calles son los capítulos del libro de los gremios: Serrallers (cerrajeros), Calderers (caldereros), Cadirers (silleros) y tras la calle Blanquerías: curtidores, guanteros, zapateros, peleteros… Todos oficios y artes que durante años convirtieron este barrio en una pequeña Shangai donde cualquier artilugio o invención podía encontrarse. Después de este recorrido con final en la Lonja de la Seda y el Mercat Central, cabe detenerse en las antiguas casonas solariegas y blasonadas, con portales tan altos como para que entraran en sus vestíbulos las caballerías sin descabalgar. Algunas pueden visitarse, como la del Museo de los Soldaditos de Plomo, en el antiguo Palacio de Malferit. Fachadas tan bien conservadas que parecen del mismo cartón piedra con que se construyen los monumentos y figuras de la fiesta de las Fallas.

Si no se dosifica este deambular entre tanta arquitectura apabullante, corremos el peligro de caer en el aturdimiento y creer que vemos visiones de Nápoles cuando tengamos en frente las Torres de Quart, una réplica del Castel Nuovo de aquella ciudad. Tras mitigar el calor matutino con este recorrido –la temperatura media anual rara vez desciende de los 20 grados–, se aconseja entregarse al placer de tastar o degustar el plato del día en La Utielana, o una fideuà o arròs a banda o al forn en La Riuà, y después continuar con una preceptiva siesta.

Al atardecer se asoman desde las atalayas, cenadores y terrazas los jardines encapsulados que guardan la memoria de los naranjos, alternados con tiendas de anticuarios. Cada víspera, cuando la fiesta se aproxima a sus umbrales, huye la calma. Los neones comienzan a señalar los interiores de pubs que se abren como cuevas tecnológicas. Son espacios insulares, cada uno único, ajeno a sus vecinos, con una clientela y música propias.

Antes, sus noches eran incendiadas por el sol, cuando se salía “de marcha” –palabra muy valenciana–, pero ahora es difícil encontrar locales abiertos más allá de las tres de la madrugada. A pesar de eso, entre los que resisten no abundan las franquicias. En uno de ellos, su dueña, Olga, cuenta que fue bailarina en el Bolshoi y lo más increíble es que es cierto. Y no es la única estrella trasnochada que regenta uno de estos locales a medio camino entre el onirismo kitsch y la continua e irredenta renovación. Algunos albergan colecciones de ángeles, cristales, valquirias y cuanto cachivache produzca un mínimo y momentáneo encantamiento. Decoraciones abigarradas y anti horror vacui.

Y aunque parezca que el leitmotiv del barrio sea no rebobinar nunca, vivir siempre en un más allá temporal, en una vanguardia que a veces nunca trasciende porque sólo pasa aquí en conexión con Ámsterdam, Hamburgo, Frankfurt o Berlín. Por eso, una cita en El Carmen garantiza que el destino siempre acudirá al encuentro. Hay que estar muy atentos, sólo es necesario reconocerlo en este lugar al que 10 siglos han convertido en  milenariamente humano.

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