De paseo en los parques nacionales de Canadá

De paseo en los parques nacionales de Canadá

“Sigue mis instrucciones y disfruta, es todo lo que tienes que hacer”, dice mi instructor de Via Ferrata, un joven de menos de 25 años que ama su profesión.

Mientras me pongo el casco, me ajustan el arnés y comprendo el funcionamiento de los mosquetones, me arrepiento por un instante de estar a punto de realizar esta actividad de la que nunca antes había oído hablar.

Me encuentro en los famosos Montes Laurentinos, que han dominado el paisaje de esta región quebequense desde hace 540 millones de años. Aquí se ubica el Parque Nacional de los Grandes Jardines, donde hoy comienza la aventura.

Tras recorrer la primera parte del camino a pie por un bosque de pinos, abetos y alerces, llegamos al espacio para la primera práctica y la demostración de cómo me debo desplazar entre los peldaños incrustados en la roca, cómo mantener el equilibrio y, sobre todo, cómo estar siempre sujeta a la línea metálica por dos mosquetones.

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Con el suelo a cuatro metros de distancia, el primer intento parece sencillo. Lo mejor apenas está por llegar.

De pronto, una montaña de cientos de metros de altura se sitúa ante mí. Poco a poco comienzo a escalar tal y como me lo ha enseñado mi instructor, para quien moverse por este risco resulta la cosa más sencilla y cotidiana del mundo.

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Me tiemblan las piernas pese a que no sufro de vértigo. Estoy completamente concentrada en lo que hago y no veo lo que hay a mi alrededor hasta que él me pide que pare y eche un vistazo.

La taiga se extiende majestuosa bajo mis pies. Pese a que el día está nublado, los colores de los árboles destacan contra el gris de las rocas. La inmensidad de ese manto verde me hacen sentir diminuta.

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“Bien, ahora podemos continuar hasta llegar al puente”, escucho que me dice, pero no puedo dejar de mirar semejante belleza.

“Vamos, un poco más y ya llegamos a la mitad”.

El “puente”, como él lo llama, no son más que cuatro hilos metálicos que de inmediato me hacen pensar en los trapecistas de circo.

“Ni sueñes que voy a cruzar eso”, le digo.

“Oh sí, ya no hay vuelta a atrás. Yo te voy a ayudar, no te preocupes”.

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Finalmente cruzo, pero no sé cómo lo logro. Cada poro de mi cuerpo expele adrenalina. Sé que no me va a pasar nada y que estoy perfectamente amarrada pero, en ese momento, la sensación es más fuerte que la razón. Me estoy muriendo de miedo.

Al llegar al otro extremo, suelto un grito de emoción.

“Ahora suéltate de las manos”, dice él.

Justo después vemos a otros mucho más valientes que yo. Ellos están tomando el camino difícil. A partir del punto en el que ellos se encuentran, yo desciendo y ellos continúan para tener dos horas más de emoción.

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Cuando llego a tierra firme, inmediatamente sé que esta experiencia se acaba de convertir en uno de los recuerdos más intensos y especiales de mi vida.

He superado el reto, he visto la naturaleza desde una perspectiva única. He tocado el cielo con las manos y he vuelto a bajar.

Por fortuna, mañana me espera otro día increíble en esta región de Quebec. Recorreré el Parque Nacional del fiordo de Saguenay, que es el fiordo navegable más al sur de América del Norte.

¿Senderismo? ¿Kayak? ¿Una excursión en zodiac? ¿O mejor en barco de vela para poder pescar? A lo mejor, si lo pienso bien, quizás repita con la Via Ferrata.

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