Frankfurt… ¡Sorprendente!

Frankfurt… ¡Sorprendente!

Tres años atrás había estado en Nueva York con mis padres. Fue un viaje de dos semanas. Un viaje intenso, difícil como primera experiencia lejos de España, pero enriquecedor. Al final, me prometí volver a esa ciudad. Quería vivir en ella, intentar sentirme como debían sentirse los hombres y mujeres que encontraba en las calles, y que me parecían perdidos en una red convulsa de calles, altísimos edificios y nombres que a mí, entonces, no me decían demasiado.

Tal vez por ello, me impresionó tantísimo Frankfurt am Main (del Meno, en español). Esperaba una de esas típicas ciudades alemanas que una se inventa cuando es niña y no sabe a ciencia cómo son las ciudades en Alemania, pero de algún modo necesita imaginarse alguna. Es decir, yo creía que Frankfurt era una ciudad de casitas de techos a dos aguas y fachadas de colores y ventanas blancas, donde, además, la cerveza era la bebida típica y no la sidra, como supe después, cuando pude llegar hasta el Sachsenhausen y quedarme impresionada con el sabor de la sidra alemana, un sabor amargo y refrescante a una vez, que, a mí, que de sidras sé casi nada, me pareció muy diferente al sabor de la sidra asturiana.

Nada más bajar del tren me sobrecogió la visión de una gran ciudad. No encontramos ningún mapa a mapa. Pero no nos importó. Ante nuestros ojos, como único horizonte posible, estaban los rascacielos de Mainhattan, en un juego de palabras que entonces desconocía, pero, que, cuando lo conocí, me ayudaron a explicarme mi atracción por aquella ciudad a la que acababa de arribar con once amigos y de la que no sabía prácticamente nada.

Cruzamos uno de los puentes sobre el río Main y de ahí tomamos camino hacia los rascacielos. Era la segunda vez en mi vida que iba a sentir el verdadero tamaño del hombre ante sí mismo. Apenas una partícula lanzada al viento.

Frankfurt se divide en la ciudad antigua (Altstadt), a orillas del río y la ciudad nueva (Neustadt), hacia el norte del casco antiguo.

La ciudad antigua la habitan, sobre todo, comerciantes y artesanos y conserva ese aire medieval que yo le atribuía de niña. Tal vez, si no hubiesen construido la parte moderna, hubiese llegado a la ciudad de mis sueños. Pero no. La ciudad nueva acoge los grandes edificios que hacen de Frankfurt uno de los centros de negocio más importante de Europa. Tan importante, que la ciudad cuenta, nada menos, que con 370 sedes bancarias; entre ellas, el Banco Central Europeo. En la nueva ciudad, también se encuentran las principales zonas comerciales.

Los edificios más característicos de la ciudad son el Leinwand-Haus o mansión de las telas de hilos, del siglo XIV. La Eschenheim Turm o Palacio de los Príncipes de Thurn. El Taxis, lugar de reunión de la Dieta de la Confederación Germánica desde 1816 hasta 1866. Para los curiosos o los que como yo cuando llegué a Frankfurt, desconocen qué es la Dieta de la Confederación Germánica, les cuento que fue la unidad central de una confederación que agrupaba 38 estados alemanes y fue fundada por Napoleón I en sustitución del Sacro Imperio Románico – Germánico. Y la casa en la que vivió hasta su juventud Johann Wolfgang Goethe, autor de Fausto y Las penas del joven Werther.

La iglesia más importante de la ciudad es la iglesia de San Bartolomé, que se construyó en el siglo XIII. También destacan la iglesia de San Pablo, la iglesia de San Leonardo y la iglesia de San Miguel.

Un lugar de visita obligatoria es el museo de Embankment, un proyecto que acoge a su vez a siete museos: postal, artes aplicadas, etnografía, cine, arquitectura, escultura y pintura europea de los siglos XIV al XX. Este complejo también cuenta con una escuela de arte y amplias zonas ajardinadas. Al otro lado del río, aunque también forma parte del Embankment, se encuentra el Museo Judío, inaugurado en ocasión del 50 aniversario del Kristalnacht o Noche de los cristales rotos. Una de las más duras embestidas del nacionalsocialismo contra la comunidad judía en Alemania.

Otro museo importante de Frankfurt es el Museo Senckenberg, con una enorme colección de historia natural, sobre todo de paleontología.

Estuvimos en Frankfurt sólo tres días, pero mientras duró, sentí que, junto a Nuevo York era la otra ciudad del mundo, adonde siempre iba a querer volver. Ya de regreso, estuve indagando con mis amigos sobre las impresiones que les dejó Frankfurt y, al parecer, a casi ninguno los dejó indiferentes.

El hotel Center Plaza, situado en el corazón del distrito financiero de Frankfurt. Concretamente en el centro del barrio rojo y a unos cien metros de la Estación Central de Autobuses. Lo mejor del hotel, además de su situación es, sin dudas, su decoración y diseño.

El Puente de Hierro (Eiserner Steg). Se trata de un puente de más de cien años que cruza el río Main y al que se accede desde la zona antigua de Frankfurt. Entre éste puente y el Puente de la Paz se encuentran 13 museos, por lo que esta zona se conoce como La orilla de los museos. Como dato curioso: junto a las escaleras de acceso al puente encontramos marcas que nos señalan las diferentes alturas que ha alcanzado el agua durante las crecidas. Por supuesto, mucho más altas que el caudal actual.

La Iglesia de Santa Catalina. Es una iglesia de estilo barroco, situada en el centro de la ciudad, junto a la Hauptwache. Esta iglesia se construyo por primera vez entre 1678 y 1681, pero los bombardeos a la ciudad en 1944 la destruyeron. Entre 1950 y 1954 se reconstruyó según el modelo original.

Junto a la parte trasera, hay un puesto de comida rápida con unas salchichas de muerte.

De Frankfurt me llamaron la atención dos cosas. La primera, que la gente pedía cervezas o cubatas en un bar y seguía caminando por la calle. Cuando terminaba, dejaba el vaso en una papelera y entraba a otro bar, volvía a pedir y continuaba su ruta. Y la segunda, no he visto tantas despedidas de solteros y solteras en mi vida. Acaso, porque es típico ir a celebrarlas al barrio antiguo, justo, donde estaba mi hotel.

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