Fuerteventura: desierto y mar en España

Fuerteventura: desierto y mar en España

Lo más impresionante de Fuerteventura, lo primero que llama la atención nada más salir de su aeropuerto, es lo que miles de años de erosión le han hecho a su paisaje. A bordo de un taxi hacia la cercana ciudad de Puerto del Rosario, la capital de la isla, contemplo asombrado las llanuras pardas cubiertas de piedras negras y escarpadas elevaciones que, según descubriré más tarde, son los restos de estructuras volcánicas que el viento ha ido desmantelando lenta e incesantemente. Al otro lado de la carretera, al este, un mar bravo, persistente, va desgajando la costa rocosa y oscura.

Los primeros pobladores de Fuerteventura, llegados al principio de nuestra era desde las cercanas costas africanas, fueron bereberes que dieron a la isla dos nombres que aún hoy perduran: Maxorata al norte, desde lo que hoy es la Punta de la Tiñosa hasta el istmo en el que en el pasado se hallaba una misteriosa pared que dividía en dos la isla, y Jandía al sur, hasta la Punta del Tigre. Más tarde llegarían los normandos, el topónimo de Fuerteventura –derivado del nombre de Afortunadas que los romanos dieron al archipiélago– y finalmente los españoles, que proseguirían en el empeño de dominar un territorio escarpado pero en el que cabe el cultivo de los cereales y la gavia (un pequeño huerto) y la ganadería de la cabra, que se halla por todas partes y también, exquisita, en el plato, frita o en salsa.

Puerto del Rosario es una pequeña ciudad de unos 40.000 habitantes, llena de esculturas que evocan algunos de los elementos y personajes cruciales de la isla –desde el perro podenco canario hasta Manuel Velázquez, el moderno fundador político del archipiélago–, con callejuelas empinadas y una importante actividad comercial concentrada en los alrededores de los puertos deportivo y de descarga. Ahí se puede conseguir todo lo necesario para iniciar el recorrido por Fuerteventura, que en realidad no es tanto: apenas un coche de alquiler y ropa ligera pero que resguarde del sol y del viento, que pueden ser insidiosos.

Emprendo el breve viaje hacia el norte, siguiendo la costa oriental y su sucesión de paisajes lunares a un lado y playas al otro, hasta llegar a Corralejo, el enclave más importante del extremo septentrional de la isla. Situado en las inmediaciones del Parque Natural de las Dunas, una zona de suaves elevaciones y malpaís (terreno erosionado y accidentado) en la que se halla la Montaña Roja, un cono volcánico rodeado de un paisaje alucinante, Corralejo es uno de los principales puntos turísticos de la isla –tiene una magnífica playa– y además es el lugar del que parte el transbordador que lleva a Lanzarote en menos de un cuarto de hora. También de ahí salen diversas clases de embarcaciones que llevan al espacio protegido de la Isla de Lobos.

Después de un baño, decido seguir tierra adentro. Empiezo por La Oliva, la que fuera capital de la antigua Maxorata y quizá el lugar con mayor interés cultural de la isla: ahí está la Casa de los Coroneles, sede del poder militar en la isla; la Casa de la Cilla, un viejo almacén reconvertido en museo del grano; la iglesia de torre cuadrada… A pocos kilómetros se encuentra la impresionante y agreste montaña de Tindaya, un lugar que los aborígenes consideraban sagrado y en el que se han hallado restos arqueológicos de gran relevancia. Por cierto, Eduardo Chillida quiso horadar esta mole para convertirla en una gigantesca obra de arte. Sigue Tefía, con sus maravillosas casas de arquitectura tradicional de la isla, La Matilla, Tetir, La Asomada… Estoy de vuelta en Puerto del Rosario. Bajo hasta Caleta de Fuste, un centro turístico lleno de restaurantes, apartamentos y hoteles, con buenas playas y una curiosa fortaleza del siglo XVIII. Es un buen lugar para descansar.

Camino al centro de la isla, todavía rodeado de un paisaje un poco desconcertante por su reiteración, paso por Las Salinas del Carmen, un espectacular centro de producción de sal en el que se halla uno de los museos más interesantes de la isla, el Museo de la Sal. Llego a Antigua poco después, es uno de los viejos enclaves agrícolas y artesanos de la isla y en él se encuentra una excelente muestra de los tradicionales molinos majoreros, blanco, no muy alto y rechoncho, con el techado y las aspas oscuros, distinto pero a la vez reminiscente del clásico molino castellano. En el Centro de Artesanía del pueblo hay muestras de las herramientas que durante siglos han utilizado los habitantes de la isla para tratar de domeñar su terreno. Pocos kilómetros más allá se halla Betancuria, así llamada en honor de su fundador normando, Juan de Bethencourt, que estableció allí el primer asentamiento de la isla y la sede de distintos órganos de poder hasta que, casi dos siglos más tarde, fuera prácticamente destruida por una invasión berberisca. De fecha posterior, del siglo XVIII, es su preciosa iglesia de Santa María de Betancuria, un típico ejemplo de la arquitectura insular, de nuevo blanca, baja, mezcla de cal y piedra, un perfecto refugio para los calores desérticos que la rodean.

Y ahora sí, me encamino al sur, la parte más salvaje de Fuerteventura. Morro Jable es un pequeño pueblo pesquero, centro turístico de la zona y base de numerosos deportes acuáticos, a escasa distancia del Parque Natural de Cofete, en el que está una de las playas más memorables de toda España: un espacio virgen al norte de la península de Jandía, de 14 kilómetros de longitud, al que sólo puede accederse por difíciles pistas de tierra, preferiblemente en un todoterreno, y al norte de la cual se encuentran dos raros fenómenos de la isla: por un lado, un asentamiento de tortugas bobas procedentes de Cabo Verde y, por el otro, la llamada casa Winter, una fantasmal villa edificada originalmente en 1893 por un alemán y que, supuestamente, sirvió como base de aprovisionamiento de los submarinos nazis durante la Segunda Guerra Mundial y como refugio para un alto cargo del ejército alemán huido de su país tras su derrota. Ambas cosas son poco probables, pero lo cierto es que el lugar tiene un cierto enigma.

Para despedirme de la isla, subo un poco más hacia el norte, hasta la playa de La Pared, situada en el istmo de la isla, en la vieja frontera entre Maxorata y Jandía. Las formaciones rocosas oscuras, altas y empinadas llegan casi a la línea de mar y dejan espacio solamente a una breve franja arenosa que es constantemente golpeada por las olas atlánticas y una luz implacable que ilumina, sobre todo, espacios vacíos.

Regreso al aeropuerto cubierto de arena, sal y un viento cargado de agua. A un lado y otro, se suceden las pequeñas elevaciones, las piedras, la tierra, los matorrales. Todo es portentoso y parece viejísimo; lleva siglos resistiendo el embate del clima. Y en contra de lo que pudiera parecer, es increíblemente hospitalario.

 

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