La verdadera Costa Brava en España

La verdadera Costa Brava en España

Lo único que hay que hacer es tomar el coche en Barcelona y echarse a la autovía. Dirección norte, dejándose guiar por el GPS y la señalización vehicular. Yo tardé, desde el centro mismo de la ciudad condal, un sábado sin casi tráfico, escasas dos horas en llegar a Llafranc, la pequeña cala costera perteneciente al municipio de Palafrugell en la provincia de Girona, que me serviría de base de operaciones. Ya la avenida que une la ciudad de Palafrugell con sus calas costeras augura lo mejor, puede parecer una tontería pero ese tramo final de dos kilómetros y medio de la Avinguda del Mar, escoltado por una frondosa vegetación, da ya una idea de lo especial que resulta este lugar.

La impresión no hace sino mejorar conforme uno se adentra en el pequeño pueblo de casas con jardín y estrechas callejuelas empinadas, tan alejada de esa imagen de turismo de masas que parece caracterizar a buena parte de la costa del país. En el 2005, según el censo de ese año, Llafranc contaba con escasos 317 habitantes, número que se entiende ya que la mayoría de edificios de la localidad son en realidad casas de veraneo de los residentes en ciudades mayores como Barcelona o Girona. Por estas fechas, en pleno verano, la población se ve fácilmente triplicada, pero no mucho más.

Cuando llego al hotel, mis expectativas se ven colmadas. El pequeño hotel Blau Mar se halla sobre una colina, a 10 minutos andando del paseo marítimo, y desde su jardín es posible ver a la izquierda el emblemático Faro de San Sebastián que corona el pueblo y enfrente, imponente, el turquesa del mar Mediterráneo, que invita al chapuzón cuanto antes. Miquel Grau, el propietario de este pequeño refugio de 15 habitaciones y dos suites que excede por mucho la calificación de tres estrellas con que cuenta, me comenta: “Cuando los catalanes hablamos de la Costa Brava, es a esto a lo que nos referimos, de Palamós a Begur, nada más, y en especial a esta zona que conocemos como el Empordanet, que es lo mismo que el Baix Empordà”.

Tomo nota y trazo el recorrido, quiero visitar Palamós, Tamariú, Calella, Canadell y Cap Roig, estos tres últimos especialmente recomendados por Miquel y su mujer Cristina. Pero antes hay que reponer fuerzas, así que enfilo hacia el paseo marítimo, donde se encuentran los principales restaurantes del lugar. Opto por el restaurante Bellacosta, que cuenta con una preciosa terraza desde la que disfrutar de la playa. Comida sencilla, con especial atención al producto de calidad y a la tradición del lugar. Pan con tomate (Pa amb tomàquet, no pan tumaca como suele decirse en el resto de España), una deliciosa tortilla triple de patata, espárragos y pimiento rojo, embutido de la zona (salchichón y butifarra de payés). La Costa Brava, y en concreto el Baix Empordà, es la cuna de la gran tradición culinaria catalana, que dada su ubicación privilegiada sabe combinar las delicias de la montaña y el mar, las setas y el embutido de payés con el arroz marinero a la cazuela y la famosa gamba de Palamós. Aquí, en las recetas y productos de toda la vida, se cimentó la revolución gastronómica de Ferrán Adrià y Joan Roca, como ellos mismos reconocen. Y aquí, en Llafranc, les ha surgido un digno sucesor, el joven chef Quim Casellas. Su cocina moderna y sin estridencias no hace sino acumular elogios desde que, en el año 2000, se hiciera cargo del restaurante Casamar, ubicado en el hotel del mismo nombre, en una hermosa escalinata desde la que otear la playa.

Pero dejemos atrás Llafranc para acercarnos a Canadell y Calella. El trayecto se puede hacer a pie, por un intrincado y coqueto camino que bordea un pequeño acantilado. La vista no puede ser mejor, el mar se extiende, inmenso, acogiendo las pequeñas embarcaciones de los vecinos, mientras nos acercamos a otra cala pequeña, de arena blanca y flanqueada por acantilados de piedra coronados por pequeños palacios que invitan a preguntar precio. Recuerdo las palabras de Miquel: “Aquí se ven unas casas que difícilmente se ven en otras zonas, hay cada mansión”. Asiento mentalmente y me detengo en el mirador para ver el atardecer. El mirador está dedicado a Manuel Juanola Reixach, inventor de las famosas pastillas de regaliz Juanola, que nació en Palafrugell.

Mi recomendación es la siguiente: da un paseo mientras cae la tarde, compra un helado en alguna de las fantásticas gelaterias que adornan el lugar, coge tarjetas de los restaurantes que más te gusten (recomiendo especialmente Puerto Limón en Canadell, Tragamar y Can Gelpi en Calella), llama para reservar sobre las 10 de la noche y disponte a disfrutar de unas maravillosas sardinas a la parrilla, unos chipirones a la plancha o un arroz caldoso, contemplando la luna sobre la playa. Si al avanzar la noche refresca un poco, pide un cremat, bebida típica de la zona que consiste en ron, canela, limón y azúcar, servida de una pequeña olla de barro a la que se le prende fuego. Si esa noche hay cantada de Habaneras (género musical muy popular por esta zona) en la playa, algo bastante habitual, tendrás ya la imagen de postal para contar a tus amigos cuando regreses a casa.

En lo que respecta a Palamós y Tamariú, el paisaje que nos aguarda es similar, calas un poco más grandes, con edificios bajos frente al paseo marítimo, que de noche se convierte en un animado mercadillo de artesanías, por el cual pasear tomando un helado o buscando una buena mesa para cenar, que si bien abundan es recomendable reservar con antelación. Sobre todo en Palamós, que es algo más grande y por tanto acoge mayor cantidad de turistas.

Si has sido previsor y has comprado entradas para el Festival de los Jardines de Cap Roig, podrás acabar la velada en ese precioso escenario, uno de los mejores jardines botánicos de Europa muy cerca del mar, marco insuperable para escuchar música al anochecer. Yo no lo fui, pero volveré, vamos si volveré.

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