Lisboa vuelve a sonreír

Lisboa vuelve a sonreír

La capital portuguesa, epicentro del gran Imperio de Portugal de los siglos XV, XVI y XVII, vuelve a regalar a quienes la visitan gran parte de aquel esplendor. La melancolía y la decadencia de la vieja Lisboa se entremezclan, sobre todo a raíz de la Exposición Universal de 1998, con una ciudad vigorosa y cosmopolita. Desde cualquiera de sus miradores y mientras se escucha un fado a lo lejos, se intuye una ciudad que vuelve a ofrecer lo mejor de sí misma.

A finales del siglo XVIII nació en las tabernas que frecuentaban los marineros lisboetas el fado, un estilo melancólico de canción con la que los portugueses se lamentaban del fin de la edad dorada del país. Sin embargo, el viajero de hoy en día, a pesar de que aún pueda disfrutar de una inolvidable velada en una casa de fados, no encontrará una ciudad lúgubre o decadente. Con la Capitalidad Europea de la Cultura en 1994 y, sobre todo, con la Exposición Universal de 1998, Lisboa ha pasado a ser toda una capital europea cosmopolita y dinámica. Una ciudad que ofrece a sus visitantes la infalible receta de tradición, historia y vanguardia.

Su situación natural ya es de por sí un enclave original y natural. Lisboa se extiende entre siete colinas y hasta el estuario del Tajo, río que se ha convertido en el destino de numerosos paseos y fotografías.

Sin abandonar la ribera del río, al este del centro de la ciudad, se encuentra el Parque de las Naciones. Legado de la Exposición Universal, representa la arteria más desarrollada de la ciudad. Un centro comercial, salas de conciertos, auditorios y restaurantes elegantes recuerdan el estilo del Maremagnum de Barcelona o de Puerto Madero en Buenos Aires. El Oceanario (el segundo acuario más grande de Europa), el Pabellón Atlántico o la Torre de Vasco de Gama (el edificio más alto de la ciudad) son tres de los iconos de esta zona de la capital portuguesa.

Tanta modernidad contrasta con la estampa de la vieja Lisboa, la que vio nacer a Pessoa. Ropa tendida, balcones en forja, tristes escaparates, azulejos policromados y callejuelas con paredes de colores gastados por el sol y el paso del tiempo. El mismo devenir que muchos lisboetas contemplan tranquilamente asomados a una ventana. Muchas de esas calles desembocan en plazas señoriales y empedradas, como las de Restauradores, Pedro IV, Figueira o Comercio, plazas que vertebran el barrio Baixa, centro comercial y empresarial del centro de la ciudad. Se trata de una cuadriculada zona, un valle que separa el Barrio Alto de la Alfama y en el que se extiende la jornada laboral de la ciudad.

Al oeste del centro lisboeta encontramos el barrio de Belém, el que fuera corazón del todopoderoso Imperio de Portugal. A pesar del bullicio turístico, es ideal para disfrutar de un paseo entre relajadas avenidas y zonas ajardinadas, mientras se recuerda lo que fue la potencia portuguesa. La piedra blanca y los motivos navales abundan en los vestigios arquitectónicos del barrio, como el monasterio de los Jerónimos o la Torre de Belém, joyas de la arquitectura manuelina, un estilo exclusivamente portugués. Desde Belém partieron las carabelas portuguesas, rumbo a la India, con Vasco de Gama al frente, navegante portugués cuyos restos descansan en el propio monasterio.

Una golosa tradición compartida por turistas y portugueses es comprar dulces en Pasteles de Belém. Se trata de un establecimiento histórico en el que camareros con pajarita despachan sin cesar todo tipo de pasteles. O sea, una oportunidad perfecta para hacer un alto en el camino.

Desde el final del barrio de Belém se puede contemplar el imponente Puente 25 de Abril, quizá la infraestructura más simbólica de las que se construyeron al abrigo de la Exposición Universal. Lleva por nombre la fecha de la Revolución de los Claveles de 1974 y se trata de una grandiosa construcción de acero de dos kilómetros de largo. En esta zona portuaria, Doca de Alcántara, también se concentran últimamente algunos de los locales nocturnos con más fama en la ciudad, situados en los mismos muelles del puerto lisboeta.

A la hora de recorrer el centro de Lisboa y sus barrios adyacentes, es recomendable dejarse llevar por sus empedradas callejuelas. Para superar las innumerables cuestas, tan propias de la ciudad como los fados, se pueden usar autobuses, tranvías o elevadores. Aunque, si se suben a pie, el viajero siempre podrá verse recompensado con una sorpresa al final de una cuesta, como algunos de sus miradores de vistas impagables. San Pedro de Alcántara, Santa Lucía, Puertas del Sol o Graça son algunos de estos enclaves privilegiados para contemplar el ritmo sosegado de una ciudad que fue y que vuelve a ser.

En Alfama, situado en otra de las colinas de la ciudad, se entremezclan cuestas, calles sinuosas y escaleras, en el que fuera el barrio donde se establecieron los árabes hasta el siglo XII. Después de sobrevivir al terremoto de 1755, actualmente destaca su ambiente multicolor y la fama que afirma que de sus viejas tascas se desprenden los mejores fados de la capital portuguesa. Fermentaçao, O Chopitô o Bar das Imagens son algunos de los locales recomendables para conocer el alma de la colina más melancólica de la ciudad, que desciende desde el castillo de San Jorge hasta el Tajo.

En cambio, el Barrio Alto de la capital portuguesa ha sido siempre conocido como el epicentro de la noche lisboeta. Bajo la tenue mirada de los faroles se concentran tabernas donde probar las innumerables gamas de oporto, restaurantes para degustar el bacalao y hasta selectas discotecas. Durante cualquier día de la semana, portugueses y turistas disfrutan de la generosa oferta nocturna de este barrio en locales como Tasca do Chico, A outra face da lua o Di Vino, que confirman la intensidad de la noche lisboeta.

Si después de una noche ajetreada se busca una escapada tranquila, la visita al castillo de San Jorge es una opción más que recomendable. Tomando el tranvía más turístico de la capital, el número 28, saldremos desde el centro de la ciudad y, tras contemplar los recovecos de las callejuelas lisboetas, llegaremos a la fortaleza construida en el siglo XII y que está situada en la colina más alta de Lisboa. Se trata de todo un regalo para el viajero, con unas vistas difíciles de olvidar. Si queda tiempo para comprar algo típico antes de emprender el camino de regreso, se pueden buscar tiendas como Fabrico Infinito, A vida portuguesa o República das Flores, donde se pueden adquirir productos artesanales, como jabones o mantelerías, que reafirman el espíritu de la tradición y la memoria de esta ciudad tan sentimental.

El alojamiento en tan sensible ciudad debe hacerse una experiencia única y placentera. Residencial Joao XXI, Pensao Residencial Roma, Corinthia Hotel Lisbon son solo algunos de los muchos hoteles en Lisboa. Hay hoteles muy baratos pues desde $560 pesos puedes disfrutar de una noche inolvidable. Usa Viajacompara.com para encontrar el precio ideal.

En definitiva, Lisboa seduce a cuantos la visitan. Probar por vez primera el vino verde mientras la brisa del Atlántico te roza la cara, perderte entre callejuelas que siempre aguardan sorpresas o escuchar un fado cuyo desgarro para hasta el paso del tiempo están al alcance de cualquier viajero bien aconsejado. El clima agradecido y la vida que desprenden las terrazas son otras de las pruebas evidentes de que la ciudad ha reconquistado la alegría perdida.

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