Málaga, un viaje en el tiempo

Málaga, un viaje en el tiempo

- Calles empedradas, raíces musulmanas y flamenco por los cuatro costados. Viajamos por el pasado y el presente de una ciudad andaluza que se hizo a sí misma.

Hay ciudades que se te meten bajo la piel. Málaga es una de ellas. Con el paso del tiempo ha sido fortaleza, puerto comercial y residencia de emperadores romanos. Hoy es una de las ciudades más cosmopolitas de España, la imagen de un destino moderno que guarda el recuerdo de los que ya se fueron y hace malabares con las antiguas tradiciones y el irremediable paso del tiempo.

Nada más llegar

Lo primero que me llamó la atención al entrar en la ciudad fue la música, que no dejaba de sonar. El flamenco rebotaba por todos lados, como si alguien en algún lugar se hubiera ido a dormir dejando la radio encendida. Había gente en la calle, terrazas al aire libre y olor a flores silvestres.

Llegamos a la calle Larios. Caía la tarde y la luz se apoderó de la ciudad, moldeando los edificios a su antojo, como si un grupo de niños hubiera hecho una ciudad de juguete con plastilina anaranjada. Era una luz cálida e ingenua, pero a la vez descarada, sin nada que envidiarle a la de la mítica Lisboa. Una luz enérgica y salerosa que define completamente la personalidad de la ciudad y de sus gentes.

Descubriendo el centro histórico

Descubrimos la ciudad en 30 días con sus 30 noches. Por el día paseábamos por el centro. Por las noches nos perdíamos en los bares de moda, a golpe de flamenco y vino dulce. Nos recorrimos el centro histórico de arriba abajo, porque aquí se concentra toda la vida de la ciudad: no sólo sus monumentos históricos, recuerdo de un pasado glorioso, sino también su presente: los bares con las mejores tapas, el bullicio de las terrazas al aire libre, los espectáculos de baile improvisados en plena calle.

Así, con el caer de los días cada vez más calurosos, visitamos la Catedral de la Encarnación, construida en 1487 por orden de los Reyes Católicos y llamada coloquialmente por los malagueños “La Manquita”, en honor a su inacabada torre sur. Visitamos también el conjunto de la Alcazaba y el Gibralfaro, símbolos indiscutibles de la ciudad, ubicados en Alcazabilla, una calle que se asienta sobre antiguas ciudades fenicias, romanas y musulmanas, un importante conjunto de restos arqueológicos que permanecen preservados bajo la ciudad actual, recordándonos que para entender el presente hay que conocer el pasado. Desde la Alcazaba, monumento medieval islámico más importante que se conserva, puedes acceder al Castillo de Gibralfaro y deleitarte con una de las mejores vistas panorámicas de la ciudad o visitar el Teatro Romano del siglo I. d.C, en donde no hace tanto tiempo se representó teatro clásico y se podía ver actuando a un jovencísimo Antonio Banderas.

Y así, de un salto, y de la mano de Banderas, Hijo Predilecto de la ciudad de Málaga, volvemos al presente, al centro histórico de su ciudad natal: a pasear por la Plaza de la Marina, la Plaza de la Constitución y la calle Larios, columna vertebral de la ciudad y epicentro de la vida malagueña. Una buena opción para el visitante es tomar esta zona como punto de partida y desde aquí callejear, dejarse perder. Larios es la gran calle comercial de Málaga, en la que puedes comprar regalos, renovar fondo de armario (hay infinidad de tiendas) o tomarte un tinto de verano (vino con gaseosa) en alguna de sus terrazas. Sus edificios, que tratan de adaptarse al estilo de la Escuela de Chicago, son el centro neurálgico de la ciudad. Aquí se dan cita los malagueños, cobran vida las esculturas humanas y los mimos, se baila flamenco en la Feria de Agosto y por aquí discurren también los pasos de las procesiones de Semana Santa. Y aquí tuve la suerte de vivir, aunque sólo fuera una vida de 30 días.

Sin darme cuenta me enamoré de la ciudad, de la sensación de libertad que descubrí en sus calles. No me di cuenta en el momento, sino con el paso de los años y en mis sucesivas visitas a una ciudad que siempre me ha dejado la sensación de que no quiere que la descubra del todo.

Con sabor andaluz

Y así, Málaga se fue dejando ver poco a poco: un día engalanada con claveles rojos, otro viajando en coches tirados por caballos y otro sintiendo en cada nota de flamenco el ‘caló’ gitano. Aunque su esencia es sólo una, Málaga tiene muchas caras. Su esencia, sin embargo, puedes encontrarla en cualquier lado: en el grito de olé a la puerta de la Plaza de Toros La Malagueta, en los ojos de los barros malagueños (figuras de  barro cocido y policromado del siglo XVIII) que hay en el Museo de Artes Populares o en la gracia que sólo los buenos andaluces tienen para piropear o contar un chiste. También podría aparecer de pronto en los pintorescos jardines de la Finca de la Concepción, en la puerta de la casa natal de Pablo Ruiz Picasso o en un plato de boquerones de un chiringuito tradicional del paseo marítimo de El Palo, Pedregalejo o Huelín (son los mejores). Es imposible saber dónde la descubrirás cuando llegas, depende del viaje de cada uno. Lo que sí está claro es que llega sin avisar, como llegan siempre las mejores cosas de esta vida. Y cuando lo hace, se te mete bajo la piel.

Volver, volver, volver…

Cuando me fui de Málaga aquella primera vez lo hice con la memoria llena de souvenirs, como la maleta de un inmigrante. Descubrí muchas de esas verdades absolutas que sólo tienen sentido en la adolescencia. Escuché en vivo al cantaor Diego “El Cigala”; el flamenco me puso, por primera vez (pero no última), la piel de gallina. Bebí ‘rebujitos’ de vino manzanilla. Me senté en un chiringuito de playa para comer ‘pescaíto’ frito (frituras malagueñas) y ver pasar las horas. Me sentí la mujer con más alas del mundo. Vi en un cine al aire libre la película Malena es un nombre de tango, y decidí que si un día tenía una hija la llamaría Malena. Redescubrí mis raíces árabes. Entendí el verdadero significado de la palabra viajar. Entendí también que los que nacemos frente al mar siempre nos estamos yendo hacia otro lado. Y así, sin más, me fui.

Después de aquella primera vez, regresé a Málaga en varias ocasiones y siempre la encontré distinta. Cada vez más crecida, más moderna, más cosmopolita. La ciudad siempre me enseñó algo nuevo: un bar con los mejores mariscos del mundo, una nueva calle sin nombre para perderme o un pintoresco pueblo perdido de esos que miran al mar y en el que no me importaría envejecer. Así me pasa siempre con Málaga: me reinventa y me cambia la vida cada vez que la visito.

Nunca volví a ver a “El Cigala”, ni a aquellas amigas de la adolescencia con las que viajé a los 16 años. Y aunque siempre encuentro una buena razón para regresar, cada vez que lo hago, es como si Joaquín Sabina me cantara al oído: “En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Igualmente, siempre vuelvo.

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