Sofía, la ciudad dorada

Sofía, la ciudad dorada

- Cuenta con más de 7,000 años de historia, por lo que pocos sitios despliegan tal diversidad de épocas entre sus muros, sus calles y sus tradiciones como la capital de Bulgaria, una de las ciudades más antiguas de Europa.

La capital de Bulgaria, Sofía, es una atracción de polos opuestos, una agradable mezcla de folclore y modernidad, de autenticidad rural en sus alrededores y reconfortante comodidad en pleno corazón de la urbe. Se trata de la capital más alta de Europa, rodeada por el solemne monte Vitosha, del que no podemos alejarnos sin visitar su Parque Nacional, comer sus exquisitos quesos elaborados por campesinos, perdernos por sus arboledas o pernoctar en el Monasterio de Rila, la mayor joya de este viaje.

Lo que a uno le deja fascinado tras visitar Sofía es ese tránsito del tiempo. Terreno de conquistas, esta ancestral ciudad fue destruida por los hunos y posteriormente reconstruida por el emperador de Bizancio, Justiniano, convirtiéndose en centro importante de operaciones del Imperio Bizantino. Casi tres siglos más tarde, en 809, fue invadida por los búlgaros.

En 1376, la ciudad adquirió el nombre de Sofía, una mártir cristiana de principios del siglo II, obligada a presenciar el asesinato de sus hijas por órdenes del emperador romano Adriano. Poco más de un lustro después, la ciudad dorada fue conquistada por el Imperio Otomano, pasando a ser la capital de la provincia turca de Rumelia durante más de 400 años. Por esta razón, Sofía tiene un especial halo oriental. Mezquitas, hammam (baños turcos) e inmensas fuentes sorprenden en cada rincón de esta ciudad cosmopolita.

Una vez aterrizados en la capital búlgara nos perdimos gustosos por las caóticas calles hasta el mercado callejero, que se despliega repleto de objetos antiguos y de colección. La Catedral de San Alexander Nevski lo deja a uno sin habla, apabullado por la inmensa colección de frescos, altares ostentosos, y esa peculiar atmósfera mística a través de la semioscuridad y las velas. Se respira el tiempo. Callejear, perderse, olvidarse de uno mismo en unas aguas termales, abandonarse a un interminable masaje con el sonido de las aguas cayendo sobre piedra… Y esto no ha hecho más que comenzar.

La vida nocturna de Sofía nos dejó gratamente sorprendidos en nuestra vanidad de que, como en España, existen pocos sitios en cuanto a concurrencia, bares, conciertos… Nada más alejado: en Vitosha Bulevar pudimos empaparnos del ambiente búlgaro; restaurantes como Manastirska Magernitza, Pod Lipite y Chevermeto ofrecen platos tradicionales y música folclórica. Cenar en el restaurante Talisman fue toda una experiencia visual y culinaria.

Para los amantes del movimiento, el escenario nocturno de discotecas, tabernas y locales de lujo no tiene límite: The Club (música retro y tecno), Planet Club (disco y house), Brillantin (música disco de los 80 y 90), entre muchos otros. Pudimos deleitarnos con el jazz en vivo de Hambara Bar, considerado por muchos uno de los mejores garitos de la ciudad, mientras probábamos exóticos cócteles de sabores completamente nuevos. Para los amantes de este tipo de música, es delito perderse el Piano Bar Retro. Y para los perezosos que prefieran comenzar y terminar in situ, tenemos el plan alternativo: cenar en Bar na Kraia na Vselenata (“Bar al final del Universo”), una conjunción de platos sabrosos, lujoso diseño y una sorprendente guinda final: su conversión en discoteca una vez finalizada la velada.

Las terrazas, cafés y bares se llenan de jóvenes desde comienzos de la tarde. Muchos de estos lugares ofrecen música en vivo. Recomendamos encarecidamente el Museum Art Club (música house, étnica, etc…) y el Buddha Bar (para los curiosos de la tradicional pipa de agua oriental).

Más allá de Sofía

Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, el Monasterio de Rila es el mayor y más admirable del país. Sus manuscritos, iconos, joyas, maderas talladas magistralmente, sus tapices de ensueño… Uno cree estar soñando en el corazón de la naturaleza. Sorprende saber que nos encontramos a tan sólo dos horas de la capital. El trayecto transcurre a través de verdes montañas cuyas puntas se pierden entre nieve y niebla. El silencio, las celdas, la luz, los arcos iluminados y los largos pasillos, arropados por los monjes ortodoxos, convierten la experiencia en algo onírico. El caudal del río y el frescor de los 1.147 metros de altura hacen que uno duerma a pierna suelta cubierto por un par de mantas. Cinco pisos, su sucesión de cúpulas escalonadas, claustros, arcos, balcones porticados y su estructura de piedra y madera con ese intrincado laberinto de escalinatas, lo han convertido en lugar de obligada visita. En medio de la naturaleza, en el profundo valle del río Rilski, asistimos al cántico de los monjes, a todo su revoloteo de faldones y voces profundas.

La parte más natural de Bulgaria brinda la oportunidad de encontrar abundantes granjas biológicas en los alrededores, en las que se puede pernoctar y aprender recetas. Y más aún: su fauna autóctona. En los bosques búlgaros es posible encontrar, en su hábitat natural, halcones, lobos e incluso osos pardos.

Un salto a Melnik, supuestamente el pueblo más pequeño del país, es el mejor plan tras la calma monacal. Melnik es famoso por sus bodegas. El dueño, acostumbrado a las visitas, comparte naturalmente sus caldos, vinos que le dejan a uno el sabor de la felicidad en el paladar. Para rematar la velada, una cena en una taberna escondida entre los peñascos y el rojo profundo de la tierra: carne guisada como los ángeles y aderezada con berenjenas y pimientos. El auténtico y genuino yogurt búlgaro es un pecado.

Para aquel que tenga la suerte de conocer este país durante el invierno, a finales de enero se lleva a cabo el evento cultural más importante de la región de Pernik (muy cerca de Sofía): Surva, el festival internacional de los juegos de máscaras. Se trata de una tradición búlgara en honor a Dionisos, dios del vino y del placer. Artistas tanto búlgaros como europeos se engalanan con máscaras y exuberantes trajes llenos de color para lanzarse a bailar de forma endiablada a lo largo de las calles de Pernik. Una danza que en su origen busca alejar los malos espíritus pero que se ha convertido en un auténtico festejo a lo largo de los años.

En mayo, del 2 al 20, nos sorprende el ya mítico Euro Folk en Veliko Tarnovo (a 250 km de Sofía), donde 15.000 músicos, cantantes y bailarines participan en uno de los mayores festivales tradicionales. Músicas folclóricas, cantos tradicionales, clásicos, ortodoxos… incluso orquestas. Tarnovo es una de las ciudades medievales más bonitas. Fue capital antaño, conocida como “la ciudad de los zares”, construida sobre tres gargantas que dan al río Yantra. Por sus laderas se esparcen pequeñas casas construidas sobre la roca negra, en pendiente hacia las aguas. Y para rizar el rizo una escapada a media tarde para recorrer el pueblo-museo de Arbanassi, con una auténtica galería de arte en la Iglesia de la Natividad.

Nos quedamos con ganas de visitar el Mar Negro y bucear por sus profundidades; dicen que hipnotiza. Queda pendiente para el siguiente viaje. Eso y un buen paseo en barco sobre las aguas del Danubio.

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