Vancouver, la ciudad de las mil voces

Vancouver, la ciudad de las mil voces

Es una ciudad madura, con la mente abierta, en donde la calidad de vida se escribe con letras mayúsculas. Descubre el multiculturalismo en estado puro de una metrópoli que hace su vida en la calle.

Cuando nos comentaron que Canadá era tan segura que los canadienses dormían con las puertas de sus casas abiertas nos costó creerlo. Basta una visita a Vancouver para descubrir que esa imagen idealista no se alejaba mucho de la realidad.

Vancouver es una ciudad distinta. Poco tiene que ver con las grandes extensiones frías y deshabitadas a la que nos remite Canadá, en dónde los osos grizzly y la policía montada campa a sus anchas sobre un paisaje blanco inmaculado. Básicamente porque en Vancouver, por raro que parezca, sólo nieva dos días al año.

Fundada tras el incendio de 1886 que en sólo 45 minutos devastó el joven pueblo de Granville, Vancouver es hoy una ciudad hermosa. Mares y montañas sirven de telón de fondo a los rascacielos de cristal que forman una ciudad dinámica y multicultural, en la que la calidad de vida se escribe con mayúsculas. Los que tienen la suerte de vivir aquí sonríen todo el tiempo, sin motivo aparente, y caminan sin prisa. Las prisas son para los adolescentes, y Vancouver es una ciudad madura, con la mente abierta.

Aterrizaje en el centro histórico

De entrada, es un buen lugar para aprender inglés. Ya no tenía edad (rondaba los 30) para una aventurita idiomática en el extranjero con familia de acogida incluida, pero por motivos laborales me urgía saldar esa cuenta pendiente.

Llegué un par de días antes de que empezaran las clases para conocer la ciudad y me alojé en un hotel de Granville Street, en el centro de la ciudad. Hay varios hoteles en Vancouver. Seguro que si vas de visita en una situación similar a la mía buscarás los hoteles más baratos. No hay de qué preocuparse, ya puedes comparar las tarifas de hoteles usando el buscador Viajacompara.com.

Luego paseé Waterfront Road, me metí en todas las tiendas de Robson Street (tienen ofertas increíbles) y descubrí la fascinante vida de Emily Carr en el Vancouver Art Galery. Luego me fui al hotel. La gerente de la escuela me había mandando un mail con los datos de mi familia de acogida.

El padre se llamaba John. Le llamé por teléfono y, como pude, me presenté. No entendí nada de lo que me dijo, sólo algo sobre las cinco de la tarde. Así que supuse que habíamos quedado en vernos a esa hora. Cuando llegué a su casa, la puerta estaba abierta (Michael Moore tenía razón). Mi padre adoptivo no era canadiense, sino un simpático vietnamita que se reía por todo. Nada más complicado que un vietnamita y una española intentando hablar en inglés.

Vancouver multicultural

Al día siguiente fue mi primer día de clase. En el salón había de todo: una rusa de 16 años más lista que el hambre, un venezolano que sólo hablaba de espíritus y reencarnaciones, un adolescente de Arabia Saudí que de mayor quería ser gerente de una compañía petrolera y una encantadora japonesa de edad indefinida (seguro pasaba de los 60) que había tenido un abuelo samurái. La profesora era una hippie encantadora llamada Bárbara, que comía comida orgánica y escuchaba a David Bowie. El aula era increíble: una especie de torre de babel humana en la que se mezclaban acentos, formas y colores.

Más tarde, tomando café en la “pequeña Italia” de Comercial Drive o probando comida de todas las nacionalidades en el Mercado Público de Granville Island, descubrí que mi escuela de inglés no era más que una pequeña metáfora de la vida en Vancouver, una comunidad de comunidades en donde el 40% de la población es extranjera.

Mi mejor amiga en esta aventura, que se prolongó durante un mes, era Ive, una simpática suiza de la parte alemana que también estudiaba inglés. A pesar de las clases intensivas teníamos mucho tiempo libre, era verano y lejos de los tópicos canadienses, el sol brillaba cada día. Así que compramos un par de bicicletas en una tienda de segunda mano en Main Street y descubrimos la ciudad a golpe de rueda. Vimos los tótems del Stanley Park, las ballenas beluga del Acuario de Vancouver y las casas haida del Museo de Antropología. Nos bañamos en las aguas templadas de English Bay y visitamos el puente Capilano y la montaña Grouse.

También tuvimos la suerte de caer en el Festival Internacional de Jazz de Vancouver. Aparcamos las bicis en la entrada del parque David Lam y nos tumbamos al sol durante los cinco días que duró la música. Puestos de comida de todos los países del mundo coloreaban el césped sobre el que se tumbaba la gente, mientras un grupo de jazz afro-caribeño empezaba a sonar.

¿Dónde se esconde la calidad de vida?

Allí tumbada, en el parque de David Lam, mientras me leía un cómic infantil (así iban mis progresos con el idioma), entendí por qué los canadienses sonríen todo el tiempo. Para empezar, viven en la ciudad más bonita del mundo. Tienen playa y montaña a la vez. Y unas enormes extensiones verdes que no utilizan para campos de golf, sino para hacer barbacoas, por lo que siempre huele a carne a la brasa.

Su jornada laboral no debe ser matadora, porque a todas horas hay gente en la calle, de todas las edades. Sus sueldos son altos: la renta media de una familia al año es de 57.926 dólares (según mi Lonely Planet). Hay galerías de arte en cada esquina. Pueden salir a correr por el paseo marítimo, o ir en bicicleta a la oficina. La banda sonora de su ciudad suena a jazz afro-americano. Las terrazas siempre están llenas de gente. Tienen osos grizzly y ballenas beluga. Y la mejor miel de maple del mundo. No tienen necesidad de aprender otro idioma porque todo el mundo aprende el suyo. Y pueden probar todo tipo de comida, escuchar todo tipo de música o conocer todas las culturas sin salir de la ciudad, es como si cada día dieran la vuelta al mundo sin moverse de su casa.

Cuando el jazz dejó de sonar y las mil voces con acentos diferentes se perdieron en el césped de David Lam, se acabó la película. Mi amiga Ive me acompañó al aeropuerto. Abracé a la encantadora suiza y a mi padre vietnamita sabiendo que no volvería a verlos. Nos despedimos hablando inglés y sonriendo como sólo los canadienses saben hacerlo.

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